POLITICA

2 de julio de 2013

LA INCÓGNITA MASSA

Cuando le preguntaron a Winston Churchill sobre ciertos aspectos de la política exterior de la URSS pronunció, en clave de humor, una frase memorable:

LA INCÓGNITA MASSA 

Por Aleardo F. Laría
    
   Cuando le preguntaron a Winston Churchill sobre ciertos aspectos de la política exterior de la URSS pronunció, en clave de humor, una frase memorable: “Se trata de una incógnita envuelta en un misterio rodeado de un enigma”. Algunos han recordado esta expresión para caracterizar el fenómeno de la irrupción de Sergio Massa en el ruedo electoral. Sin embargo, a pesar de la falta de datos objetivos, se puede hacer un ejercicio de prognosis si se tiene la prudencia de analizar sólo el contexto y renunciar al elevado riesgo de evaluar circunstancias  imponderables de la personalidad.
    
   En la política rige una ley –más correcto sería decir una tendencia- similar a la “ley de Say” de la economía que indica que la oferta crea su propia demanda. Es simple sentido común suponer que cuando existe una fuerte demanda de un producto, alguien se sentirá tentado en fabricarlo. Trasladado al fenómeno de los liderazgos carismáticos, esta tesis sugiere que el famoso carisma atribuido a ciertos hombres providenciales, no ha sido más que producto del sentido de oportunidad de algunos para dar satisfacción a ciertas necesidades. Esto es lo que con otras palabras sostenía el sociólogo francés Èmile Durkheim, cuando afirmaba que el líder carismático era una suerte de espejo que reflejaba algo que estaba situado en los ojos del grupo y no en las cualidades de la persona física.
    
   La tesis de Durkheim fue de algún modo profundizada por Robert Tucker, quien señaló que la clave del fenómeno carismático está en la situación social que da lugar al fenómeno. Es el estado de aguda desdicha el que predispone a las personas a seguir con entusiasmo al líder que les ofrece la salvación. Tucker afirmaba que “la clave de la reacción carismática  de los seguidores al líder estriba en la desgracia que estos experimentan (…) El líder carismático es la persona en quien, en virtud de cualidades insólitas,  parece encarnarse la promesa o esperanza de salvación. Es  un líder que en forma convincente se ofrece  a un grupo de personas en desgracia como alguien peculiarmente cualificado para sacarlas de ella”.
    
   En Argentina, la desgracia actual tiene nombre de mujer. Según algunas encuestas, el 55 % de los argentinos quiere que Cristina Fernández de Kirchner “pierda”. Existe un cansancio generado por un estilo de liderazgo confrontativo, que permanentemente está erigiendo enemigos reales o imaginarios, buscando el cuerpo a cuerpo. Los ultrakirchneristas consideran que son las intervenciones virtuosas del Gobierno las que generan la confrontación y que los gobiernos que han realizado políticas sociales y han democratizado la economía han sido siempre acusados de confrontativos. Pero esto no es lo que piensa la gran mayoría de la clase media, que está harta de un clima que considera innecesariamente exasperante e intolerante.
    
   Esta sensación se conecta inevitablemente con el fracaso de las políticas económicas que basadas en la improvisación permanente, están agotadas y sin resto. La inflación, el desabastecimiento energético, el penoso estado de las infraestructuras, el creciente déficit fiscal provocado por una política de subsidios inconsistentes y el cepo cambiario son inevitablemente irritativos para la gran mayoría de la población, que consideran que en materia de gestión, el gobierno ha demostrado ser elevadamente ineficaz.
     
   En Argentina existe, además, una fractura generacional. El 45 % del censo electoral son sub-40 y votaron por primera vez en 1993. Pueden ser considerados expertos digitales, es decir personas  cuyas vidas están ligadas a la existencia de Internet y de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Esta presencia significativa de ciudadanos informados, que saben lo que ocurre en el mundo y por tanto tienen criterios comparativos, no se sienten atraídas por las ideologías del siglo pasado y son esencialmente pragmáticos. Han nutrido las manifestaciones del 8-N y el 18-A y son representativos de los mismos indignados que en estos días se manifiestan en Brasil. Para estas personas, electoralmente, vale más ser joven que peronista.
    
   No hace falta más que sumar todos estos factores para entender que si una persona joven, con experiencia acreditada de buen gestor, se ofrece para conducir un proceso político hacia la modernidad, prometiendo acabar con los enfrentamientos estériles y “renovar” el viejo peronismo para convertirlo –como intentó Antonio Cafiero- en un partido de centro moderado, respetuoso de las instituciones, tiene altas probabilidad de alcanzar con éxito su misión. Obviamente, nada está escrito todavía, y como señalábamos al comienzo, se trata simplemente de verificar que existe un contexto favorable para este tipo de misión.
    
   Por el momento, las pocas definiciones de Sergio Massa, ofrecen indicios de que ha sabido captar el ánimo de sus potenciales electores. Su clara definición en contra de la reelección, lo sitúa, con independencia de lo que opine De Narváez, en la vereda de la “oposición”. Recordemos que según los papeles de Wikileaks, en un rapto de sinceridad, Massa caracterizó a Néstor Kirchner como “cobarde”, “psicópata” y “perverso”. Claro que ahora ha querido evitar todo juego confrontativo, señalando que “mantendrá todo lo bueno” y cuestionará “lo malo”. Ha reunido un equipo de economistas sólidos, que han señalado que “el Gobierno hizo cosas bien, cosas mal y muchísimas cosas que no hizo”.
    
   Son muchos los que todavía visualizan a Massa como el agente de una nueva metamorfosis del peronismo para retener el poder. Sin embargo, al anunciar la necesidad de definir políticas de Estado y buscar consensos con el resto de fuerzas políticas, Massa ha elegido una estrategia radicalmente opuesta a la ensayada por el kirchnerismo. Si quiere ser coherente con esa propuesta, el resultado inevitable debería llevarlo a renunciar a la lucha encarnizada por el control de la caja del Estado que ha sido el signo tradicional de identidad del peronismo. Eso supondría algo tan novedoso y espectacular como disolver las bases materiales que han venido dando  sustento al populismo.
    
   Regresamos al comienzo de la nota. Es pronto para saber si Massa va a ser el Adolfo Suárez de la política argentina que lleve al peronismo a una suerte de harakiri como Suarez lo hizo con el franquismo. Pero sería un error precipitarse en negar esa posibilidad.

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