POLITICA

21 de octubre de 2012

Política Eva y Cristina, objetos de amor y odio

J. P. Feinmann denunció el odio de sectores hacia la Presidenta. Un sentimiento que Evita ya había sufrido. ¿Se repite la historia? Opinan los intelectuales.

 

Amor y odio. El peronismo siempre se ha manejado así. Y sus mujeres emblemáticas, Eva y Cristina, no podían ser ajenas. Una historia que va desde aquella pintada de “viva el cáncer”, a metros de donde agonizaba Evita, hasta las decenas de páginas contra la “Kretina” que abundan en Facebook. ¿Los mismos sectores que odiaron a la mujer de Juan Domingo hoy lo hacen con la viuda de Néstor?

La cuestión del supuesto odio hacia Cristina la levantó el filósofo José Pablo Feinmann al analizar el último cacerolazo, en septiembre. A Cristina, dijo Feinmann, las mujeres la odian porque envidian sus éxitos, y los hombres porque saben que es una mujer inalcanzable para ellos. Su colega Ricardo Forster cree que se quedó corto: “Me parece que hay un sector, que es muy minoritario pero con presencia retórica fuerte, que está expresando un nivel de odio que no tiene ninguna relación con lo que viene sucediendo en la sociedad”. ¿Será así?

Beneficios y envidias. Para la periodista y escritora Araceli Bellotta, autora de Eva y Cristina, las razones de sus vidas, no hay dudas de que la Presidenta enfrenta odios, como lo hizo Eva. “Con sólo repasar los cánticos del último cacerolazo es claro. Gritaban que Néstor viniera a buscarla”, dice a PERFIL. ¿Por qué el odio? “Es de los que se sienten menos beneficiados y, en verdad, detestan que se beneficien las clases más bajas”. Sylvina Walger, que escribió una controvertida biografía de Cristina, cree que en sectores populares puede haber “bronca”, pero que el odio se da en la clase media. “Hay una clase acomodada, chicas que viven en Belgrano y con madres que se sienten jóvenes, que la banca mucho. El verdadero odio anida en la clase media pretenciosa y catolicona. No soportan el matrimonio gay, el liberalismo de las costumbres y el mundo de las señoras gordas. El centro del odio está ahí”. Para Walger, “en Anchorena y Santa Fe la detestan. Detestan su ropa. A veces me da la sensación de que la envidian”.

Para el sociólogo Emilio De Ipola, el hecho de que tanto Eva como Cristina sean mujeres hace que sumen algún resentimiento de género, porque “hay mujeres que entienden que el oficio de gobernar es cosa de hombres”. La senadora Norma Morandini no está de acuerdo: “Las mujeres ya no tenemos que gritar para que nos escuchen, tenemos las leyes que legitiman la igualdad y la razón de los argumentos, somos casi el 35 por ciento en los parlamentos, tenemos una mujer en la presidencia y seguimos victimizándonos”.

Revolución y relato. Por su parte, el filósofo Silvio Maresca cree que, en realidad, hoy se debe hablar de desprecio hacia Cristina antes que de odio. “Hay sectores a quienes les irrita su arrogancia, su autoritarismo, su agresividad, su actitud despectiva hacia los demás, sobre todo hacia quienes piensan diferente que ella. Cristina irrita, molesta, pero las transformaciones sociales que ha emprendido son demasiado tímidas como para generar odios mortales. Evita en su momento fue revolucionaria en muchos sentidos, Cristina sólo lo es en el ‘relato’”.

Para el poeta y ensayista Angel Núñez, un intelectual de larga trayectoria en el peronismo, el problema con la Presidenta es que “es soberbia en su trato con la gente, habla desde una pretendida superioridad: explica, enseña; no pregunta ni acepta preguntas. Ordena, por eso pretende que le tengan miedo, y que así le obedezcan sumisamente”.

¿Comparables? Si se puede comparar el odio que enfrentaron, ¿se puede comparar a Evita y a Cristina? “Es algo riesgoso”, dice el militante justicialista Julio Bárbaro, “aquel pasado está muy idealizado, como los recuerdos inalterables en su perfección, como para poder ser cotejado con este presente. La diferencia esencial para mí es que Perón y Evita están instalados en el espacio de los mitos nacionales respetados por todos, y el actual proceso transita por un sendero en el que todo sigue estando en discusión”.

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