5 de septiembre de 2012

El sueño y el espanto, a los 14

Silvia Borgini era la más pequeña de la delegación argentina que hace 40 años participó de los Juegos de Munich.

 

El recuerdo de Munich ’72 lleva en sí ese sabor agridulce. En el mismo corazón de los Juegos Olímpicos que pregonan cada cuatro años solidaridad, compañerismo y esfuerzo, se gestó el horror. El ataque del grupo comando palestino Septiembre Negro, que terminó con la vida de once integrantes de la delegación israelí, un policía alemán y un terrorista se llevó adelante con una facilidad que asusta. Y para muchos deportistas que debieron ser los protagonistas de una fiesta, la memoria alrededor de lo que sucedió en la Villa Olímpica se tornó dual: la alegría de haber cumplido un sueño y el relato de cómo, de alguna manera, la masacre tocó a cada uno de ellos. El reto y el espanto, dos caras de una misma experiencia.

Silvia Borgini era la más pequeña de la delegación argentina. Había logrado quedarse con una de las plazas para las pruebas de natación. La preparación había sido ardua. La recompensa, infinita.“Viví las Olimpíadas con la mirada de una nena de 14 años de esa época”, recuerda en diálogo con 442. Lo bueno, y también lo malo. Corrían los primeros años de la década del ’70. Ni los 14 años de aquel entonces, ni el hecho de ser mujer, ni la natación -y mucho menos la circulación de la información internacional- se acercan a los tiempos que corren.

Ilusión olímpica. La chispa competitiva se encendió en el cuerpo de Silvia en los preselectivos para México 68. Los vio con su entrenador, Tito Pescio, y ella quedó flechada. De inmediato arrancó con los entrenamientos. “A la mañana iba al secundario, y a la tarde, temprano, iba a entrenar. Después de un descanso volvía a la pileta. Así era mi vida. Y llegue a nadar 1.600 metros por día. Por eso llegue a los Juegos”, repasa Silvia.

La familia Borgini apoyó desde un principio el sueño de la nadadora. Cada uno desde el lugar que pudo. “En ese momento, la rutina que me daba mi entrenador me la hacía hacer entre comillas mi mamá. Acá –Silvia es de Luján- tenemos el Club Náutico ‘El Timón’, que tenía pileta cubierta, y mi mamá iba y venía, se paseaba al lado mío. Yo nadaba y ella me controlaba los tiempos y el entrenamiento. Tito venía los martes y los jueves y los sábados era día de toma de tiempo”, recuerda. “Yo creo que esa la forma de llegar. Y fijate que no tiene nada que ver a esta época”, dice, como quien sabe que dio lo máximo de si.

Papá Borgini no quedó al margen. Herrero de oficio, fue quien le fabricó unas poleas y unas pesas para que ella pudiera complementar con gimnasia cuando no estaba bajo el agua. “Mis papás eran obreros. Nosotros no recibíamos un peso de nada. Viajábamos a los torneos en tren. Te podés imaginar que yo vivo a 70 kilómetros de Capital, así que se viajaba en tren. En épocas de torneos íbamos todos los días. Volvíamos a las tres de la mañana y al otro día había que ir a la escuela y hacer toda la rutina”, cuenta.

Silvia consiguió boleto a Munich en un campeonato que se realizó en Rosario, donde participó de tres competencias: 200 m libres, 800 m libres y 400 m combinados. Sus logros no los mide en tiempos o medallas. Para ella la clave está en la superación. “No me acuerdo bien como quedé. A mí en realidad lo que me interesó y me quedó es que yo bajé el tiempo en los 800 libres. Había hecho récord argentino. A lo mejor no bajé todo lo que tenía que bajar porque, con 14 años, viajé sin mi entrenador y sin mi mamá, que me acompañaba todos los días”. Silvia tampoco recuerda a la dama de compañía que le designaron para viajar. Es más, asegura que nunca la vio. Lo que sí revive al detalle haber conocido a los grandes de la natación. “Tengo muchas anécdotas, como por ejemplo estar entrenando al lado de Mark Spitz sin saber que era Spitz. Te podés imaginar que cuando nos dimos cuenta nos pasamos de andarivel para saludarlo. Él, de perfil totalmente bajo, saludaba. No tenía ningún tipo de problema. Y era la figura.”

Reminiscencias de la tragedia. “El ser olímpica es un sello que no te quita nadie. Es único, porque lo que vos vivís es lo máximo. Esa solidaridad, el compañerismo, el respeto del otro. El juego limpio. El estar con los mejores, saber que vas a dar lo mejor y que vas a representar a tu país lo mejor posible para que quede bien tu camiseta”. Eso, para Silvia, fueron los Juegos. Sin embargo, esos valores, dice, se opacaron la madrugada del 5 de septiembre. Y todo, repite, lo vio a través de los ojos de una niña de 14 años.

“Un buen día nos despertamos y nos empezaron a pedir los carnets, que a veces lo hacían y a veces no. Veíamos un mayor control, entonces empezamos a preguntar y nos empezaron a contar que habían matado a unos israelitas, a entrenadores, que habían tomado a once israelíes de rehenes y que los secuestradores eran terroristas”. Silvia recuerda que nadie sabía bien lo que pasaba, y gran parte de eso se debía a que, hasta ese momento, todo había sido perfecto. Luego repasa los relatos, los controles, las banderas a media asta y un parate de un día en la competencia. “Nos dio mucha pena. Opacaron los Juegos Olímpicos. Alemania había hecho todo el esfuerzo, la Villa Olímpica era hermosa, todo empezaba a horario. Era como la perfección y esto nadie se lo imaginaba. Y creo también que Alemania no estaba preparada para un ataque terrorista”, sentencia.

Con el correr de los años la dimensión sobre lo que sucedió en la Villa Olímpica de Munich cambió. Entre aquella nadadora adolescente y la actual concejal de Luján pasaron cuarenta años. “A la distancia yo creo que Munich tendría que haber estado preparado para esta circunstancia. Ellos tenían la tecnología como para poder brindar mayor seguridad a todos los deportistas. Fue algo que nadie se lo imaginó. Creo que fue una tragedia que enlutó los Juegos, que tienen que ser en paz”. Borgini también se refirió a la polémica sobre la ausencia del minuto de silencio en la ceremonia inaugural de los Juegos de Londres. “Yo hubiera apoyado el minuto de silencio porque así como hubo deportistas que murieron me podría haber tocado a mí, o a otro deportista. Los Juegos Olímpicos tienen otro espíritu. Si hubiera estado en una comisión, o hubiese tenido la responsabilidad de decidir, hubiera hecho un minuto de silencio por todas esas familias que desaparecieron.”

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