26 de agosto de 2012

TRAGEDIA DE ONCE “Estoy muy enojada con el mundo: mi hijo está muerto”

Zulma Ojeda es la mamá de Carlos Garbuio, una de las 51 víctimas del choque del 22 de febrero. La vida después de la tragedia que desmoronó a su familia. Los proyectos. Y una obsesión: justicia.

 

“Mi familia se demolió. Se disolvió. Tengo que rearmarla como pueda”. Zulma Ojeda de Garbuio es la mamá de Carlos, una de las 51 víctimas de la tragedia de Once. Hace seis meses que la primera de sus vidas quedó atrás. Y que empezó la segunda: una cuesta abrupta que no la deja detenerse ni para apiadarse de sí misma.

“Estoy enojada con el mundo: mi hijo está muerto. Antes, mi miedo era a que le pasara algo en la calle, porque hoy te matan por una moneda. Pero ya lo mataron. Entonces no tengo miedo ”, razona. “No quiero irme a ningún lado ni esconderme como una tortuga”, advierte, y en su mirada cruje una llamarada.

Antes de aquel 22 de febrero, el día más largo de su vida, hubo una historia: “con Horacio construimos una familia ensamblada, y me da mucho orgullo”. Zulma repasa una biografía increíble: su infancia en medio del campo entrerriano, en las afueras de Concordia; la súbita muerte de su papá, cuando era chica; el nacimiento de Carlitos; su viaje a Buenos Aires, a los 21 años, para cuidar a los chicos de unos médicos conocidos; su desorientación en una ciudad en la que no sabía ni hablar por teléfono ni andar en colectivo; el encuentro fortuito con Horacio, un joven apuesto que tenía dos hijas, con quien se fue a vivir en menos de dos meses y a quien ama con locura desde hace 31 años; la llegada de otros dos hijos divinos: un laborioso castillo de amor en el que cada milímetro fue cincelado con la pasión y el detalle de un artista.

“Hoy estamos todos enojados” , susurra Zulma, partida por el dolor, la mirada clavada en el vidrio del escritorio. Adriana, la hija mayor, se sostiene en un psiquiatra que, con paciencia, le intenta inocular una verdad insoportable : aquel hermanito a quien cuidó como a un tesoro, le cambió los pañales y le robó sonrisas llenas de sol, está muerto. “Ya no sé lo que siento”, se turba Zulma. “Siempre creí en Dios, ahora no, o no sé...”, naufraga. ¿Lo que se ve? Una tristeza insondable. Que no cabe en ningún diccionario.

Empieza a recordar. “A veces yo confundía a mis hijos, Carli y Horacito. Entonces un día Carlos apareció con un cartel en el pecho que decía su nombre, bajo la leyenda ‘así me llamo’.

‘Te vas a acordar siempre de mi nombre’ , me dijo. Nos reímos, y yo escribí esa explicación en el dorso del cartel.

Ahora lo uso para pedir justicia por su muerte ”, se atraganta mamá.

Y sale del paso evocando a su pichón. Carlos vivía en una pequeña dependencia que los Garbuio tienen en el fondo de su casa de Ramos Mejía. Los sábados, que no trabajaba, su papá lo despertaba con unos tangazos a todo volumen, y esperaba con el desayuno listo a que él llegara con el diario bajo el brazo. “Se desvivía por sus amigos, gastaba el sueldo entero en agasajarlos”, dice Zulma. “Y hace dos años se reencontró con Sabrina, una compañera del colegio, de la que se enamoró. Ella tiene una hija, Loana, que lo volvía loco a Carli. Prometió que le iba a dar todo a esa nena. Un par de meses vivieron acá en el fondo, pero el año pasado él decidió alquilarles un departamento para que estuvieran cómodas. Ahora lo seguimos pagando mi marido y yo”.

Los labios de Zulma dibujan el nombre de su esposo y en su rostro llueve luz. Muere de amor por él. Pero el duelo por la muerte de Carlitos abrió un abismo entre ellos. “Está muy depresivo, pobre. A veces lo veo sentado en la cama, pensando.No quiere que venga nadie a casa, y tampoco que salga yo. Me dice que no puede creer cuánta fuerza tengo, y no le gusta mucho mi actividad con las otras víctimas.” Horacio Garbuio: un roble alto, duro, de ojos celestes llenos de llanto y modales de caballero medieval. Sufre hipertensión, diabetes, del corazón. Hace poco tuvo un pequeño infarto cerebral. “Tengo que cuidarlo de las emociones fuertes”, se enternece su esposa. “No habla, está en su mundo. Ya no nos tomamos de la mano todo el tiempo, como hacíamos siempre.

Nos enojamos por tonterías . Hace unos meses me hacía mal, ahora me estoy acostumbrando.

Cada uno hace el duelo como puede ”.

La voz de la tierra, que le habló durante toda su infancia campera, sigue sonando en la palabra delicada y por momentos trémula de Zulma Garbuio. Para explicarse, llena su boca de metáforas de plantas que hay que regar para que crezcan –sus hijos; el amor que une a su familia, ahora lastimado–, de frutos que caen al suelo para ofrecer todo lo que sus cultivadores labraron para obtenerlos –los sueños de cada miembro de los Garbuio–, de cosechas amargas.

“Todos los domingos nos reuníamos a comer asado. Siempre los hizo mi marido, pero hace un tiempo había empezado a cocinarlos Carlos”, cuenta Zulma, las manos quietas sobre la mesa, la mirada hacia adentro, a la caza de recuerdos en los que instantes después termina enzarzada. “Desde que murió no los hacemos más. Primero intentamos seguir. Brindábamos, como siempre, pero ahora por él. El segundo domingo ya faltó alguno, y el tercero nos íbamos parando de a uno para que los demás no nos vieran llorar.” En estos meses terriblesno cambió la unión familiar , advierte la mamá de Carli, Adriana, Miriam, Viviana y Horacito. Hay llanto, sí. Y preguntas que cualquiera de sus cuatro nietos quiere formular y no lo hace porque en algún rincón atento de su niñez sabe que duelen, que en las respuestas que renuncia a buscar está el motivo de esas lágrimas, de esa congoja permanente que con su sordina desplazó al bullicio.

“Tengo una familia hermosa, que ahora está rota. Yo digo que tendremos que hacer como cuando los chicos eran chicos, y perdían alguna pieza de los rompecabezas. Hacíamos una nueva de cartón y la pintábamos. Bueno, ahora a nosotros nos falta una pieza.

Quedó un espacio vacío.

Ya va a llegar el momento de dibujar otra . Se notará siempre, pero seguiremos.” ¿Existe un modo más bello y profundo de explicarlo?

“ Siempre va a estar la ausencia de Carlitos ”, suspira Zulma. Y sin darse cuenta, en el contrasentido regala una imagen que explica con eficacia el peso de la muerte. “Mi médico me mandó al psicólogo, pero le dije que no. Necesitaba verme en el espejo de otra gente a la que le pasa lo mismo que a mí. Empecé a ir a un grupo que se llama Renacer. Me invitaron a uno especial, en donde se juntan familiares de personas muertas por tragedias. Fui tres veces, y me hace bien.” Pese a su voluntad de hierro, Zulma sabe que hay cosas que no marchan como debieran. “A veces tomo el tren Sarmiento a la misma hora en que subía Carli.

En casa no le cuento a nadie, pero lo hago. Viajo como viajaba él, apretada como una sardina. Y pienso cómo habrá sido ese día, el último, el 22 de febrero.

Me rompo la cabeza pensando en el accidente , no me sale de la cabeza que está en un cajón...” otra vez, el mentón que tiembla, las pupilas que se desdibujan y un silencio que sólo corta su respiración sincopada.

“Yo prometí no morirme en vida.

Se lo prometí a Carlos, a mi marido, a todos. Por las noches duermo, desde la primera, no me llevo la muerte de Carli a la cama. Sí lo extraño. Y todavía lo espero, aunque sé que está muerto.” Horacito, su hijo menor, se despide con un beso. Se va a la facultad.A Zulma se le estruja el corazón. ¿Volverá a verlo? No puede alejar esa nube de su mente cada vez que alguno cierra la puerta. Horacito había dejado los estudios de abogacía, pero los retomó por Carlos: él le decía siempre que lo hiciera, que aprovechara su edad y el apoyo familiar.

Una leve sonrisa asoma en la comisura de Zulma. Son los recuerdos de su hijo que vienen, todos lindos. Los poemas con los que había preparado un libro, los esfuerzos para podar las dos palmeras del jardín.

Ahora sorprende mostrando unas pinturas al óleo que revelan un talento heredado de su mamá. Y cuenta que, si algún día la indemnizan por la tragedia de su hijo, usará el dinero para crear una fundación que ayude a las madres solteras , “como fui yo”. Ya tiene todo pensado.

Pero su obsesión, lo que le abre los ojos cada mañana, es la lucha por obtener justicia por su hijo y las otras 50 víctimas de “una muerte anunciada y provocada” . “Le pido a Cristina que haga justicia lo más rápido posible. Yo confié en ella, y quiero seguir confiando. Cuando nos vimos, me dijo que si el responsable de esta tragedia ‘fue Magoya, va a caer Magoya’. Yo quiero saber cuándo va a caer Magoya.” Los ojos de Zulma inquieren a la nada.

   

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