20 de mayo de 2012

La Perla, epicentro de una bohemia iniciática del rock

Un reducto, un centro de inspiración continuo, un punto de encuentro en el que se gestaban las charlas y creaciones más inesperadas durante los '60 en Buenos Aires.

 

Fue un enclave vital del rock nacional. Un reducto, un centro de inspiración continuo, un punto de encuentro en el que se gestaban las charlas y creaciones más inesperadas. La Perla de Once nunca dejó de ser un bar de barrio. Pero en los agitados años 60 gozaba de una mística especial que con el pasar del tiempo se fue diluyendo.

Ubicado en la esquina de la avenida Rivadavia y Jujuy, a metros de la terminal ferroviaria de Once, era por esa época el único lugar de la zona que se manteníaabierto toda la noche. Y eso era una bendición en tiempos políticamente revueltos y de ebullición cultural. Los que salían de La Cueva –un sótano con fauna variopinta en el que se gestó el llamado rock nacional-, era seguro que rumbeaban para allá a mostrarse los apuntes, los versos escritos en anotadores o una frase garabateada en una servilleta. La juerga no tenía fin.

Entre los habitués de La Perla en ese tiempo y en esas horas se mezclaban trabajadores que hacían tiempo para tomarse el tren, estudiantes y una trasnochadabohemia poético-musical inquieta, ruidosa, con mucho para decir. Entre sus integrantes se contaba a Moris, Lito NebbiaMiguel Abuelo, “Pajarito” ZaguriJavier MartínezPipo LernoudSandro y Tanguito, entre otros, que venían a romper la parsimonia típica de un cafetín barrial.

Los que protagonizaron la historia de esos años iniciáticos para el rock recuerdan los malabares que había que hacer para que el divague creativo de madrugada se hiciera divertido. Allí estaba prohibido tocar música. Pero siempre había una estrategia para sortear el obstáculo: se iban al baño, que estaba en un subsuelo, alejado, y las voces elevaban el tono, se ponían a cantar, a improvisar y componer. En ese escenario inesperado nació la emblemática “La Balsa”, compuesta por Nebbia y Tanguito.

Una vez que cerraron La Cueva, en agosto de 1967, La Perla fue perdiendo ese espíritu que la habían transformado, sin quererlo, en casi un templo del rock. Y su paisaje fue perdiendo “locos”, poetas, delirantes y música en el aire. Aunque por estos días, en su sótano vuelven a sonar acordes rockeros, que quieren recrear un tiempo que ya pasó y no volverá.

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