16 de diciembre de 2012

De María Soledad a Marita Verón: el poder feudal argentino

Una desnudó con su muerte la impunidad de un poder despótico provincial. La otra es una desaparecida de la democracia, cuya madre ha develado el horror de la trata.

 

“Cuando el tirano cae, su poder termina. Cuando la víctima muere, su poder empieza”, es la frase guía de mi primer libro, Catamarca, que comenzó como un reportaje y se convirtió en la crónica del poder feudal de una provincia que desnudó el poder de la tragedia de María Soledad Morales. La jovencita que pasaba más horas frente al televisor que en la escuela, que soñaba con ser modelo y cuyo cuerpo mutilado, como muestra macabra de las múltiples violaciones, despertó otro poder dormido, una conmovedora gesta de mujeres, la de sus compañeras y la de la directora del Colegio del Carmen. La monja Marta Pelloni rompió con la odiosa tradición argentina de tapar los pecados de la institución religiosa donde estudiaba María Soledad y se puso al frente de una tan original como eficaz protesta: las marchas del silencio. Mezcla de procesión religiosa en una sociedad dominada por la devoción a la Virgen del Valle y de ronda muda de las madres del pañuelo blanco que en las plazas del país increpaban al poder y pedían por sus hijos en cuanto fueron abriendo para todos los argentinos demandas de verdad y justicia. Hoy la verdad es peligrosa, y por eso se la disfraza. Sin embargo, la falta de justicia sigue siendo la demanda que se grita en las plazas: otras madres que buscan a sus hijos se han agregado al repertorio de un país que ha hecho de la muerte y la violencia un rasgo de identidad.

María Soledad apareció muerta al costado de un camino, el cuerpo destrozado, desfigurado. Corría 1990. Entonces, habíamos transitado tan sólo ocho años de democratización. Para mí, el crimen de la jovencita semejaba otra desaparición. Todos podían reconstruir con minuciosidad los pasos de María Soledad: desde que salió de su casa, la fiesta donde ella recogía las entradas, el auto Fiat que la levantó en la calle y “la boite”, donde se la vio por última vez. Ahí la joven se perdía, desaparecía, oculta por el miedo colectivo. Ese gran domesticador de las rebeldías. Sin embargo, el encubrimiento político para proteger al principal sospechoso, Angel Luque, el hijo de un diputado nacional que vivía en Buenos Aires y regresaba los fines de semana a Catamarca, ahijado del entonces presidente de la Nación, Carlos Menem, sacó el crimen de las páginas policiales y puso luz sobre lo que siempre había sido oculto entre nosotros: las “fiestas negras” de los hijos del poder. La muerte de María Soledad condensó antes que nadie la situación de las muchachas pobres de provincia, doblemente vulnerables por su condición de mujeres pobres, “las chinitas” en el peyorativo decir de las damas de “la buena sociedad”, ya no sólo el patriciado provincial sino esa nueva casta social, la de la política, que con sus “ismos” –clientelismo, nepotismo, electoralismo– fue configurando un poder feudal, perpetuado ahora en las reelecciones indefinidas de muchas de nuestras provincias.

A la par que el país estrenaba la democracia, también inaugurábamos esa transmisión de la historia en directo, la televisión en vivo. Decenas de periodistas nos trasladamos a la calurosa Catamarca, a la que le calzaba la descripción de Galeano del feudo: “La ciudad vivía con el aliento cortado, el aire estaba amenazado por la desconfianza, se hablaba en voz baja, las voces no coincidían con las caras”. La ignorancia sobre Catamarca aumentaba la distancia geográfica de Buenos Aires, la orgullosa capital que había vivido de espaldas a esos rostros aindiados y esa vida de provincia que transcurre entre velorios y casamientos. El humor popular se burlaba del gobierno de los parientes y sustituyó el juramento de práctica de los nuevos ministros por el “Sí, tío”.

Tal vez porque tengo más entrenada la mirada de la cronista y el texto de la narradora, puse mis ojos antes en la sociedad, la aldea, que en el expediente judicial. En las horas de la confraternización del trabajo –lo que más extraño de la vida de periodista– corregía a los más jóvenes cuando equiparaban Catamarca con el Macondo de García Márquez: “No se engañen, éste no es un caso de ficción. Aun cuando nos duela, Catamarca es rigurosamente Argentina”.

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