14 de mayo de 2012

Tiene 62 años, flotó una hora y media en el río y sobrevivió

La odisea de un marinero de Quilmes. El maquinista Héctor Bogado iba en el buque argentino que el sábado chocó con otro paraguayo. Es la segunda vez que sobrevive a una tragedia de este tipo. Ya encontraron a otros 6 tripulantes muertos.

 

El único sobreviviente hasta ahora de la tragedia en el Paraná, el “Negro” Héctor Bogado (62), está bien físicamente pero destrozado emocionalmente. En el Sanatorio Modelo Quilmes se recupera del shock y los golpes que recibió en el choque entre el barco arenero Río Turbio, que tripulaba como maquinista, y el remolcador paraguayo Ava Payagua. Allí le contó a su esposa y a sus hijas la odisea que vivió el sábado a la madrugada. Vanesa (34), su hija menor, le contó a Clarín : “El barco se hundió en menos de cinco minutos. Gracias a su experiencia, logró moverse de tal manera adentro del buque que el agua no lo chupó. Así, en la sala de máquinas se fue agarrando de donde pudo y logró salir a la superficie. Milagrosamente encontró un salvavidas sobre el que flotó una hora y media, en plena madrugada, con frío y a oscuras, hasta que lo rescataron”.

El choque ocurrió el sábado a las 3.58 de la madrugada en el km 101 del río Paraná de las Palmas, cerca de Zárate. El Río Turbio, de la empresa Arenera Puerto Nuevo, cargado con 2.200 toneladas de arena, había partido el viernes desde San Pedro y viajaba a Buenos Aires, desde donde el buque paraguayo había zarpado la misma tarde, cargado de contenedores.

No es la primera vez que Bogado sobrevive a un accidente de este tipo. Fue el único sobreviviente de otra tragedia en la que murieron sus compañeros en un barco que se incendió, hace casi treinta años. Ayer encontraron sin vida al capitán del arenero Río Turbio, Gustavo Caracciolo (37) en uno de los pasillos del buque, y a otros cinco tripulantes: Felipe Haroldo Aguirre (57), jefe de máquinas; Marcelo Osvaldo Córdoba (45), cocinero; Ramón Ciriaco Rodríguez (58), primer oficial; José de la Fuente (46), maquinista y el marinero Cristian Marmet (25).

Al cierre de esta edición, Prefectura informó que las tareas de rescate del otro desaparecido –el marinero Luciano Luna (24)– continuarían durante la noche con helicópteros, rescatistas y buzos.

Con angustia e incertidumbre, ayer a la tarde, los familiares de las víctimas esperaron en la sede de la Prefectura de Zárate. Varios pasaron la noche en un puesto de la Prefectura y la Cruz Roja. Allí se vivieron escenas desgarradoras cuando los prefectos se acercaron para leerles los nombres de los cuerpos hallados.

Del buque paraguayo, continuaron ayer detenidos e incomunicados los tres encargados de las maniobras: el capitán, el timonel y el baqueano, por su presunta responsabilidad en el choque.

Bogado, el maquinista del buque argentino, vive en Quilmes, tiene tres nietos y lleva casi 40 años navegando. Mide un metro setenta, pesa 70 kilos, se mantiene en buen estado físico y es muy activo, según lo describe su familia.

“Me contó –siguió Vanesa– que al salvavidas lo alcanzó con desesperación, acercándolo con los pies. Cuando llegó a él, esperó ver a alguno de sus compañeros pero no sucedió; tampoco oyó gritos ni pedidos de auxilio. Nos dijo que a la mayoría el choque los sorprendió mientras dormían. De pronto vio cómo el barco se dio vuelta y decidió tirarse al agua”. Lo rescató gente del buque paraguayo y después llegó la Prefectura. Fue trasladado al hospital de Campana con un cuadro de hipotermia leve y politraumatismos.

Poco antes de las seis de la mañana, Vanesa recibió el aviso de la Prefectura. Con su esposo viajó hasta Campana y después del mediodía su papá fue llevado a la clínica de Quilmes. Allí, fue sometido a varios estudios médicos. “Tragó agua, aceite, gasoil...hubo toneles que se abrieron y varias explosiones”, detalló Vanesa. En general su estado de salud es bueno y se está recuperando. “Físicamente tiene raspones en las piernas. Esperamos que la ART le envíe asistencia psicológica: es lo que más necesita”.

Bogado está shockeado y angustiado: él es el mayor de la tripulación y, como transmitió su hija, se siente “un poco el papá de sus compañeros”. “Con los más jóvenes, los marineros de veintipico, estaba muy encariñado, recién había compartido tres o cuatro viajes y estaba al tanto de sus aprendizajes”, apuntó.

El marinero siente, además, que tuvo un Dios aparte. “Nos dijo muy emocionado –recordó Vanesa–: ‘Esto fue un milagro. Es como si alguien o algo me fue indicando por dónde salir’ ”.

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